H.A.Murena / La última cena


                                                                             


La historia de los trabajos de Leonardo da Vinci es oscura.
La  extremada reserva del maestro, el recelo que lo llevó incluso a escribir de derecha a izquierda, el aura de misterio que le conferían las estatuillas de ídolos bárbaros  de las que no se separaba, todo, en fin, hizo no sólo que muchos lo tuvieran por mago o impío, sino también que numerosas circunstancias de su vida y su obra permaneciesen ignoradas.
Dentro de esta incertidumbre, nada más incierto que el caso de “La Ultima Cena” del Convento de Santa María delle Grazie, en Milán.
Matteo Bandello manifiesta que tardó quince años en ejecutarla y que Ludovico el Moro se enfadaba por la lentitud de su protegé. Sin embargo, Luca Pacioli le da por concluida en 1497, o sea seis años después del establecimiento de Leonardo en Milán. Una versión de Vasari parece confirmar lo aseverado por Bandello. Narra que el maestro nunca satisfecho con los modelos que posaban para esta pintura, vagaba por las campiñas vecinas a la ciudad en busca de hombres con rasgos que se le aproximaran a lo que él imaginaba. Así halló a su Cristo, joven y leñador de rostro muy hermoso y espiritual. La fortuna en cambio se le había mostrado adversa en cuanto al modelo para Judas Iscariote. Transcurrieron los años y el cuadro continuaba inconcluso, porque al maestro no terminaba de complacerle ninguno de los dispuestos a posar para tal imagen. Un día en una taberna de los suburbios, encontró al hombre con la cara deseada. Comenta Vasari que al examinar al sujeto a la luz, apenas habría podido contener una exclamación, a causa de la exactitud con que aquellas facciones crueles y angustiadas respondían a lo que él había concebido. Pero cuando supo que era el mismo leñador, que desde entonces se había vuelto criminal y ladrón, Leonardo se quedó por así decirlo, tranquilizado.
Hizo que lo acompañara a su taller, a su paso sin duda lento.




El coronel de caballería y otros cuentos, Caracas, Venezuela, Ed. Tiempo Nuevo, 1971)




Héctor Alvarez Murena

Nació en Buenos en 1923 y falleció en la misma ciudad en 1975.
Narrador, poeta y ensayista. Se inició con los cuentos de Primer testamento (1946) y pronto alcanzó renombre como ensayista.
Publicó en la revista Verbum un artículo titulado Reflexiones sobre el pecado original de América (1948), cuyas ideas amplió en El pecado original de América (1954). 
Vinculado a la revista Sur, dirigida por Victoria Ocampo, siempre se mantuvo ajeno respecto de los ámbitos literarios.
Obras destacadas :  Homo atomicus (Premio Municipal, 1961),Relámpago de la duración( 1962), Epitalámica (1969), Polipuercón (1970), Caína muere (1972).


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