Elena Irurzun /Cuentos con patas



                                               Narrativa juvenil argentina



Ellos


Se despertó cuando sintió al cachorro bajar de su cama y descender las escaleras. Giró sobre sí mismo y siguió durmiendo, atento aún a su regreso. Estaba cansado. Había vuelto esa noche de un viaje de trabajo, manejando muchas horas sin descanso para llegar lo antes posible. No le gustaba dejarlo al cuidado de otros ni abandonar la antigua y enorme casa.
Amaba la casa. El zaguán espacioso con las escaleras que subían a los cuartos y el primer patio con sus columnas y estatuas. La biblioteca con estantes del piso al techo; el segundo patio, el que estaba techado, con sus muebles viejos y las fastidiosas peceras. Daba tanto trabajo limpiarlas y los pobres peces sin nada más que hacer que nadar de un lado a otro. Adoraba, en cambio, el jardín del fondo, con sus flores y frutales, el canto de los pájaros, la pérgola y la fuente. Se estiró en la cama. Sí, conocía la casa de memoria, desde el zaguán hasta el altillo. Le gustaba recorrerla a cualquier hora.
Miró el reloj. Veinte minutos y el cachorro no había vuelto, tal vez estaba entretenido en alguna travesura. Recordó de pronto la cucha al lado del bajo escalera. Se levantó de un salto y bajó corriendo. Había pedido expresamente que no lo ataran ahí pero había ciertas cosas que les eran muy difíciles de comprender.
Lo encontró sobre el sillón re tapizado mirando, serio, el retrato de su tátara “vaya uno a saber qué” abuelo, ojos oscuros, mirada profunda y expresión adusta, y junto a él, su perro de caza. Revolvió el pelo entre las orejas al tiempo que daba vuelta el cuadro diciendo – no les creas, no te dicen toda la verdad –, sonrió al imaginar las palabrotas en boca del anciano y agregó – yo te entiendo igual. Vení, vamos a espantar al fantasma del segundo patio.
Entre risas y ladridos irrumpieron en el recinto y, aunque no podía verlo supo, por la alegría del cachorro, que el asustadizo espíritu estaba acurrucado en la esquina más alejada. Siguieron jugando hasta que empezaron a encenderse las luces del piso de arriba y escuchó las protestas de los demás, despiertos por el barullo.
Volvió lo más callado que pudo a su habitación, sacó al gato negro de la cama y se recostó, con el perro a su lado, la cabeza apoyada en el regazo y los ojos marrones fijos en él – voy a tener que vigilarte más de cerca a vos.
Estiró el brazo para buscar en la mesita uno de los tantos diarios que llevaba escribiendo hacía años, lo hojeó rápidamente. No necesitaba leerlo. Lo sabía de memoria. Pasó la mano sobre el lomo del cachorro que se estiró contento moviendo la cola – tengo que conseguir otro trabajo, uno de menos horas – explicó rascándole la panza. Ya pensaría en algo.
Dejó el cuaderno en el suelo y cruzó las manos detrás de su cabeza. Recordaba perfectamente cómo se sentía cuando, siendo chico, acababa invariablemente atado junto a las escaleras después de cada travesura; y mejor aún la mañana en que, desesperado y sin saber que más hacer, se lamentaba ante el cuadro, y el retrato le habló.
-          ¿Por qué te castigaron esta vez? – le había preguntado el abuelo aquel día.
-          Se me rompieron algunas plantas porque…
-          ¿¡Otra vez hiciste pozos en el jardín!? – interrumpió el anciano enojado.
-          ¡Fue sin querer! – respondió protestando - solamente quería escuchar las conversaciones de los grillos topo y… - levantó las orejas y se detuvo, súbitamente sobresaltado por los crujidos provenientes del bajo escalera.
-          ¿Qué pasa ahora? – interrogó el abuelo impaciente.
-           No me gusta que me hagan dormir acá – gimió encogiéndose, asustado por los ruidos –pero ellos no lo entienden.
Harto ya de sus quejas y tras pensarlo unos instantes, dijo entonces el abuelo - sólo hay una forma de que puedan comprenderte.
-          ¿Cuál? – preguntó ansioso.
-          Existe un hechizo que puede ayudarte.
-          Tenés que tener cuidado… - interrumpió el gran perro de caza.
-          El hechizo de la flor de las hadas lo llaman – continuó el anciano.
-          Nunca escuché hablar de esa flor – dijo extrañado, ya que conocía muy bien el jardín y todo lo que crecía en él.
-          Si de verdad lo deseás, con el corazón…
-          Pensalo bien, puede ser peligroso - volvió a advertir el perro.
-          ¡Estoy seguro! – contestó enojado.
-          Y se lo pedís a la flor.
-          ¿Dónde crece?
-          Eso tenés que averiguarlo vos.

Y tras éstas palabras salió corriendo hacia el fondo, desoyendo la última advertencia del perro – ¡Una vez hecho, el conjuro no puede deshacerse!
Estaba convencido de qué era lo que quería y, después de todo, que tanto podía saber el sabueso, instalado cómodamente en el cuadro. Tampoco parecía muy difícil. Revisó con cuidado todas las flores teniendo mucho cuidado de no pisarlas, y mientras las hadas trabajaban y cantaban les preguntó una y otra vez donde crecía la flor. Lo intentó durante muchos días pero, como todo el mundo sabe, las hadas se distraen con facilidad y cada vez que entre riego y riego parecía que al fin iban a responderle, una libélula se lastimaba una pata o se rompía el ala una mariposa y allá iban ellas, interrumpiendo la conversación.
Cabizbajo y pensativo consultó también a la vieja tortuga que vivía en el zaguán, y a las grandes estatuas del primer patio que se limitaron a mirarlo, antipáticas, en silencio. Desalentado, se fue una tarde a dormir la siesta al altillo y cuando casi estaba por conciliar el sueño, oyó a las arañas que, alertadas ya por sus correrías por la casa, cuchicheaban chismosas mientras tejían concentradas.
-          Es chico y no sabe – dijo una.
-          Podemos ayudarlo – agrego otra.
Sin abrir los ojos escuchó atento a la que, prudente, contestó – no sabemos para qué la quiere, no te metas en asuntos que no son tuyos.
Hasta que la mayor declaró - todo lo que hay que saber está en los libros.
Fue entonces hacia la gran biblioteca y resopló, frustrado, al llegar. Necesitaba ayuda. Recorrió con la vista los interminables estantes que cubrían las paredes hasta que descubrió, en lo alto, al rechoncho gato amarillo, sonriéndole burlón. Nunca le había caído del todo bien. Se rumoreaba en la casa que provenía de una familia tan antigua como la suya pero, él no sabía porque, no había retratos de sus antepasados en las paredes. Odiaba sus aires aristocráticos y la enorme facilidad con la que conseguía obtener todo lo que quería.
-          Tengo que averiguar donde crece la flor de las hadas – explicó amable, y pidió – ¿me ayudarías a revisar la biblioteca?
-          ¿Y yo qué gano a cambio? – contestó el gato indiferente.
Intento negociar con el astuto felino y pasaron varios días revisando inútilmente los libros. Se rió al recordarlo. No había nada ahí,  le costaron unas cuantas noches junto al bajo escalera, los pedidos del excéntrico gato.
No fue hasta más tarde, después de recorrer nuevamente la casa, que su suerte empezó a cambiar. Decepcionado, se había acostado un rato en el segundo patio, demasiado cansado para divertirse siquiera asustando al fantasma – nunca voy a encontrarlo, tal vez ni siquiera existe – se lamentaba en voz alta. Y entonces el pez dorado, aburrido, preguntó - ¿Qué es lo que estás buscando?
-          Un libro, pero no está en la biblioteca.
-          No todos están allí.
-          ¿Ah no? – interrogó.
-          Hay uno que guardan en el armario gris de allá. Pero ése –, añadió misterioso el pez, a pesar de la mirada furibunda del mueble – está prohibido para ustedes leerlo.
-          ¿Prohibido porqué?- pregunto con curiosidad.
-          Se dice en mi familia, que el abuelo así lo ordenó hace muchos, muchos años.
Saltó sobre sus pies moviendo la cola, contento y nervioso a la vez, ¡un libro del abuelo! ¿Sería ese el que estaba buscando? - ¿Vos tenés el libro que explica donde crece la flor de las hadas? – dijo dirigiéndose al vetusto armario.
-          ¡Eso no puedo decírtelo!
-          ¿Puedo mirar? – interrogó amable.
-          ¡De ninguna manera, no te está permitido! – respondió enojado el mueble mientras apretaba con fuerza sus puertas.
-          ¿Me pods ayudar? – pidió entonces al fantasma que se acurrucaba, tembloroso, en un rincón.
-          ¿Por qué tendría que hacerlo?
-          ¡Solo necesito saber si el libro está adentro! – y agregó mintiendo - ¡te prometo que no te asusto más!
Sin estar del todo convencido, y a pesar de las protestas del mueble, el miedoso espíritu espió con cuidado en su interior y dijo – si, acá está.
-          Pero solamente ellos pueden abrirlo – sentenció, grave, el pez.
-          Alguna otra manera tiene que haber – desafió mientras corría hacia el jardín. Junto plumas e intento con cosquillas, ladridos y hasta algún que otro mordisco a las patas del armario, que se mantuvo cerrado e inmutable.
No pensaba desistir tan fácilmente así que durante los días siguientes rondó sigiloso el patio, hasta que vio a la mujer que, una vez por semana, limpiaba y enceraba los muebles abrir las puertas del armario sin ninguna dificultad. Aprovechando el lío causado por la caída de la pecera, esquivo ágilmente piernas y vidrios rotos, agarró el libro sin ser visto y lo escondió, jadeante, en el altillo. Ya le pediría  disculpas al pez después, decidió, mientras leía con atención “de las lágrimas de las hadas del jardín, en noche de luna llena…”. Faltaban solamente dos semanas y tenía mucho que averiguar. Puesto que nunca había visto a las hadas llorar preguntó, diligente, a todos los habitantes del jardín, pero ninguno supo decirle cuando o porqué lo hacían. Hasta que, al fin, encontró al caracol más viejo que, lentamente, le contó: - para que las hadas lloren.
-          ¿¡Sí!? – interrumpió entusiasmado.
-          Para que las hadas lloren – repitió despacio; y él escucho con paciencia, casi sin interrumpir, porque cada vez que lo hacía, el anciano empezaba el relato desde el principio; otra vez. Así que a la madrugada, cuando ya se le cerraban los ojos del cansancio, tuvo por fin su respuesta – porque ellas sólo lloran cuando están muy tristes o muy alegres.
El resto de los días, hasta la luna llena, los dedicó a los preparativos. A pesar de las constantes interrupciones del gato que lo seguía adonde quiera que fuese, logró convencer a sapos, ranas, cigarras y grillos de que ensayaran juntos, organizó a las inquietas luciérnagas y cuando finalmente el momento llegó, cenó sin protestas, dio educadamente las buenas noches, y esperó a que los coros resonaran en el jardín. Se acercó despacio para ver a las hadas bailar, las escuchó reír, se rieron tanto que lloraron, y cuando las lágrimas tocaron el suelo, la flor brotó y pidió su deseo.
La mañana siguiente despertó en el sillón del living, justo debajo del retrato del abuelo. Levantó la mano y gritó, sorprendido, al ver la luz pasar entre sus dedos sin garras. Rió feliz al escuchar su propia voz. Al fin podría hablar con ellos. Se vistió rápido para ir a desayunar al comedor grande y no llegar tarde a la escuela. El resto de la semana pasó de prisa entre las tareas del colegio, las charlas en las largas sobremesas y los partidos de fútbol con sus nuevos amigos.
Apagó la luz, dispuesto a dormir. Aquel sábado le habían encargado limpiar la pecera del enfurruñado pez que, a pesar de sus reiterados pedidos de disculpas, se negaba a hablarle. Le pareció raro no encontrar al fantasma ya que nunca lo había visto fuera del patio. Pasó la tarde entera recorriendo la casa en busca del espíritu sin que la tortuga ni las estatuas respondieran a sus preguntas, cuando recordó, de pronto, que no había guardado el libro en su lugar; así que aprovechando que todos dormían la siesta volvió al patio; apoyó, todavía dudando, la mano sobre la manija y abrió sin dificultad las puertas del mueble gris. Miró hacia abajo, al gato que se refregaba, mimoso, contra sus piernas. Lo recordaba bien. Había sido esa la noche en que, después de servirle un plato de leche al felino amarillo, empezó a escribir.









 El Gris

Llegó a la casa con un atado de ropa y un libro abajo del brazo, pidiendo trabajo. Parco, nunca dijo de dónde venía. Necesitaban un aprendiz en la herrería y, aunque era un poco joven, le dieron el empleo. Aprendió rápido, se desempeñaba bien. Por la noche, leía hasta tarde cualquier cosa que cayera en sus manos, folletos, revistas, el diario y algún que otro libro que le prestaba la hija del dueño. Enseguida se hicieron amigos. Compartían el interés por la lectura, las plantas y los animales. Un tiempo después, le dieron permiso para ir a la escuela. Ojos oscuros, sonreía poco y hablaba menos. Muy de a poco, empezó a quedarse a merendar en la cocina principal a veces, y a almorzar de vez en cuando, después.
Le gustaba escuchar a los cocheros charlar mientras herraba los caballos, y así fue aprendiendo sobre los negocios de la familia. Cuando el herrero se jubiló, ocupó su puesto, y completó sus estudios de noche. Si algún libro le gustaba, se lo prestaba a ella, o le leía en voz alta en las largas horas de la siesta o luego de la cena, en el cómodo sillón del living frente a la chimenea.
Con el tiempo, fue cada vez más usual verlos juntos, estudiando en el patio o paseando por la plaza. Así que nadie se sorprendió cuando pidió su mano. La boda fue sencilla. Tuvieron varios hijos, para los que edificó las habitaciones del primer piso y la casa se llenó de voces, barullo y alegría.
Cuando decidió cerrar la herrería, transformó el fondo de la casa en un jardín, ella plantó flores y frutales y rápidamente se pobló de pájaros. Tomaban el té allí por las tardes. Y aunque no le simpatizaba demasiado terminó por aceptar a la gata marrón y negra que llegó un día y se instaló, sin pedir permiso, con sus cachorros en la casa. Mantuvo la costumbre de trabajar con sus manos. Él mismo hizo los estantes de la biblioteca donde guardó todos sus libros, incluso aquel con el que había llegado a la casa y que nadie más que él había leído; poco a poco, las paredes de la amplia habitación se fueron cubriendo de volúmenes, salvo algún que otro hueco que dejaba a propósito para que los gatos pudieran trepar, como les gustaba, hasta lo más alto.
Con los años, sin saber bien porqué, se aficionó a la caza y fue colgando sus trofeos en las paredes del living y el zaguán. Más tarde comenzó a criar y a entrenar sus propios perros para que lo acompañaran en sus frecuentes salidas al campo. A veces llevaba también a alguno de los chicos, pero la mayoría de las veces prefería ir solo, con los sabuesos marrones. Le gustaba hablarles. Su mujer bromeaba diciendo que nunca le había escuchado tantas palabras juntas. Pero él se limitaba a sonreír en silencio. A veces imaginaba que de verdad le entendían.
Entre todos los cachorros que nacieron ese año, había uno que no parecía disfrutar de las excursiones. Tenía los ojos del color de la miel y prefería andar con los chicos de acá para allá, jugando y haciendo travesuras. Hasta alguna vez hubo que sacarlo del patio de la escuela. Le gustaba dormir a sus pies mientras leía y rondar la biblioteca. Como tenía miedo del ruido de la escopeta empezó a dejarlo en la casa cuando se iba. Lo extrañaba, pero pensaba que era lo mejor para él. Sin embargo, cada vez que volvía del campo todo eran quejas sobre el comportamiento del perrito. Que había destrozado zapatos y guardapolvos, o se había comido los libros. Harto de ir al colegio a dar explicaciones por los cuadernos rotos, le prohibió el acceso a las habitaciones. Lo escuchó llorar durante noches enteras tras las puertas cerradas, y cuando al fin se calló, pensó que se habría acostumbrado.
El gato lo despertó esa mañana. Insistió varias veces hasta que decidió levantarse, preguntándose que querría el caprichoso animal. Apuró el paso, preocupado, cuando notó el desorden en la biblioteca, mientras lo seguía hacia el living. Despertó al niño que dormía en el sillón, tenía la mirada ámbar transparente. Preparó el desayuno para ellos dos y le sirvió, también, un plato de leche al gato que se refregaba, maullando, contra sus piernas. Lo había encontrado solo en la calle cuando había salido a buscar al cachorro extraviado, mintió luego a su esposa. Ella revolvió el pelo color chocolate sin decir nada. Le asignaron una de las habitaciones del piso de arriba y, como no se sabía nada de él, se quedo a vivir en la casa, e hicieron los arreglos necesarios para que fuera al colegio.
Unos días después compró las maderas y construyó el mueble. Lo pintó de gris para que no llamara demasiado la atención y lo instaló en el patio que había hecho techar, el mismo donde estaban las peceras en las que los chicos criaban peces dorados. Una noche, sin que nadie lo viera, guardó en él su libro, aquel con el que había llegado a la casa, y aunque no estaba seguro de que pudiera entenderle, al cerrar las puertas ordenó – sólo nosotros podemos abrirlas.




De gatos y fantasmas

Se acordó de repente una tarde, después de ver al cachorro ir de nuevo hacia el jardín. Lo que su padre le había contado hacía ya bastantes años, cuando era tan sólo una pequeña bola de pelo amarillo. Estaba acostumbrado a ver al perrito deambular por toda la casa, pero esos últimos días andaba más inquieto que de costumbre.

Se habían reunido aquella noche, tarde, en lo alto de la biblioteca mientras todos dormían, para escuchar el relato – el abuelo vivió muchos años, rodeado de sus hijos y nietos. Algunos se fueron de la casa pero otros se quedaron. Uno de ellos pintó el retrato que todavía cuelga sobre el sillón del living. Esto lo sé – agregó el gato, solemne - porque así me lo contó mi padre y el suyo a él, y así ha sido contado siempre. Cuando el anciano falleció, uno de sus hijos continuó criando los sabuesos. Tenía los ojos del color de la miel. Pero como no le gustaba la caza, guardó todos los trofeos en el bajo escalera.
Bostezó aburrido. No entendía porque tenía que escuchar historias sobre los torpes e ingenuos cachorros. Ya bastante le molestaban correteando todo el día por ahí.
-          Prestá atención – le regañó entonces el gato negro –, es importante que sepas lo que pasó, ya que debido a eso nuestra familia vivirá en esta casa para siempre.
Abrió un ojo y vigiló al perrito que iba del primer patio al zaguán. Movió la cola, nervioso. Con el tiempo había llegado a pensar que solo eran cuentos, que no eran verdad. Después de todo nunca había ocurrido durante su vida. Pero, si lo que le habían enseñado era cierto, entonces, tenía trabajo por delante. Se desperezó y fue a la biblioteca, trepó hasta el estante superior, y siguió recordando mientras esperaba.
-          Pasaron los años; alguno de ellos trajo las estatuas y las puso en el patio. Ninguno hizo caso de sus protestas por dejarlas debajo de la lluvia y el sol, así que después de un tiempo, ofendidas, decidieron no hablar nunca más. Alguien instaló la fuente en el jardín. Otro, hizo la pérgola. Y en todo ese tiempo, solo dos o tres cachorros se extraviaron, pero no les importó, puesto que siempre había lugar para uno más en el primer piso. Así es que no estaban preparados para lo que ocurrió aquel día terrible.
-          ¿Qué fue lo que pasó? – había preguntado, súbitamente interesado.
-          Eso se los cuenta mañana. ¡Ahora a dormir! – contestó su madre cuando ya despuntaba el alba.
La jornada transcurrió entre juegos y travesuras, esquivando las grandes patas de los sabuesos y los pies de las personas yendo y viniendo enfrascadas en sus ocupaciones. Hasta que llegada la noche, el relato continuó.
-          Lo que sucedió aquel horrible día fue algo que nadie, jamás, pensó que podía llegar a pasar. Y a consecuencia de ello, el abuelo le encargó a nuestra familia la misión más importante –. Paseó la mirada sobre sus hijos antes de seguir – nuestra tarea, la de todos nosotros, para siempre, es asegurarnos de que los cachorros antes de intentar hacer el conjuro, en verdad lo desean, con todo su corazón.
-          ¿Pero qué fue lo que pasó? – preguntaron todos en un susurro, asustados.
-          Lo que ocurrió fue que… - agregó misterioso – Por primera vez el hechizo de la flor de las hadas no se completó.
-          ¿Pero cómo pudo pasar? ¿! No puede ser cierto!? – murmuraron inquietos.
-          Como ustedes saben, los perritos pueden ser bastante…
-          Bobos – le susurró a uno de sus hermanos.
-          Inocentes y asustadizos – prosiguió el gato mirándolo enojado -. Sucedió, en aquellos tiempos, que algunos de ellos le tomaron miedo a los trofeos de caza guardados en el bajo escalera. Se empezó a rumorear que allí habitaba un monstruo.
-          ¡Pero qué pavada más grande! – recordaba haber refunfuñado – son solamente las maderas que crujen de viejas.
-          ¡Silencio! – ordenó su padre – ¡o se van a dormir! Uno de ellos – continuó en voz baja – era especialmente aprensivo, así que evitaba lo más posible pasar por el zaguán y cuando no tenía otra opción que hacerlo, pasaba corriendo. Corría tanto y tan rápido que terminaba invariablemente en el segundo patio, chocando contra las peceras o el mueble gris. Con cada nuevo lío, acababa atado otra vez cerca de las escaleras y, puesto que ellos no podían entender sus protestas, la situación no hizo más que empeorar. Cansados los peces dorados de cambiar de acuario a cada rato, iniciaron una discusión con el armario.
-          ¿Por qué no le dejás ver el libro? – pedían los peces – ¡así terminamos con esto de una buena vez!
-          De ninguna manera – respondía el mueble, a pesar de los rasguños que las patas del cachorro le dejaban – ¡no está permitido!
-          Dale, ¡que te cuesta! – insistían.
-          ¡Ya les dije que no!
-          Pero como los días pasaban sin que nadie pudiera resolver el problema… – continuó el gato.
-          ¡Hora de acostarse! – interrumpió la gata en ese momento.
-          ¡Pero mamá! – protestaron.
-          Vamos, vamos, mañana siguen.
Entrecerró los ojos y sonrió, divertido, cuando vio al cachorro entrar a la biblioteca y recorrer con la mirada los interminables estantes.
-          No sobemos si finalmente el armario gris se compadeció del pobre perrito o simplemente se hartó de tanto escándalo en el patio – había reanudado su padre el relato aquella vez – pero el caso es que un día decidió abrir sus puertas y entregarle el libro. Unas noches después el cachorro desapareció y nadie vino a ocupar su lugar. La casa se vistió de luto. Los gritos e insultos del abuelo y los aullidos de su sabueso hicieron temblar las paredes durante varios días. Estaban todos tan apenados y asustados por el enojo del anciano que no fue sino hasta más tarde que repararon en el tembloroso fantasma que se acurrucaba en una esquina del patio.

Entretuvo al perrito lo más que pudo pidiéndole todo clase de cosas raras y revisando inútilmente la biblioteca, pero le fue imposible hacer que el pez dorado no hablara. Lo siguió, vigilante, desbaratando una y otra vez sus preparativos, durante las dos semanas que pasaron hasta la noche de luna llena. Los días siguientes casi no lo vio por la casa, ocupado con el colegio, charlando y jugando con sus amigos nuevos. Había hecho bien su trabajo. Se refregó contra sus piernas, reclamando su premio, cuando al fin lo encontró, guardando el libro en el mueble gris.



El guardián

Sentado en el banco del jardín, con el perro de ojos marrones echado a su lado, miraba a los cachorros jugar cuando se le ocurrió. Saltaban y corrían entre las flores mientras los vigilaba pensando en lo lindo que sería volver a charlar con los animalitos y las hadas, y escuchar sus risas. Suspiró y desechó la idea. Hasta donde él sabía nadie, nunca, lo había intentado.
Esa noche se levantó de madrugada cansado de intentar dormir sin lograrlo – quédense acá, ya vengo – les pidió al gato negro y al sabueso que dormían a sus pies. Fue hasta la cocina a buscar un vaso de leche pero se detuvo en el living frente al cuadro de su tátara “vaya uno a saber qué” abuelo. Estudió con cuidado los detalles, la expresión seria del anciano y su sabueso, antes de preguntar – ¿están seguros de que el hechizo no puede deshacerse?
Le dio vueltas al tema una semana entera, sin terminar de decidirse. Releyó todos sus diarios preguntándose si sería posible. Recorrió la casa, desde el altillo, con sus arañas, hasta el zaguán. Le dejó algo de lechuga a la vieja tortuga y agitó un poco el agua de las peceras para entretener a los peces dorados cuando pasó por el segundo patio. Miró de reojo al mueble gris y apoyó la mano en la manija.
-          ¡Que no abra tus puertas! – gritó el abuelo desde el living.
-          Pero él puede… - contestó, dudando, el armario.
-          ¡No! – ordenó; y el mueble apretó con fuerza las puertas cuando él intentó abrirlas.
-          Deben haberse hinchado con la humedad – se dijo, ya que los días anteriores había llovido mucho y había algunas goteras.
Probó un tiempo después, cuando clima mejoró y aunque todavía tuvo que hacer mucha fuerza, pudo abrir las puertas del armario y buscar el libro; “voy a tener que arreglar el techo” pensó.
Más tarde, a solas en su habitación, se sentó en la cama dispuesto a leer. Sacó varias veces al gato que una y otra vez insistía en acostarse encima del volumen – ¿que te pasa? ¿No cenaste? – le preguntó. Y como salió corriendo hacia la cocina lo siguió y le sirvió un poco más de comida. Encontró al perro en la cama con una pata sobre el libro cuando volvió a subir. Releyó en voz alta las instrucciones: “de las lágrimas de las hadas del jardín, en noche de luna llena…”, y también lo que había escrito sobre su conversación con el caracol, sin darse cuenta de que el felino había vuelto.
-          Vas a tener que ayudarme – le pidió al sabueso – yo no puedo ver a las hadas, ni a la flor ni… nada – agregó frustrado.
Quedaban aún dos días de luna llena. A la mañana siguiente el gato no estaba en su cama, tampoco lo vio cuando llegó de trabajar. Consultó a todos en la casa pero nadie sabía nada. Así que lo buscó por todas las habitaciones, de día y de noche, preguntó a los vecinos y revisó el barrio entero; hasta que al cuarto día apareció, como si nada hubiera sucedido, refregándose contra sus piernas y pidiendo comida. Resopló enojado. Lo encerró esa noche y fue con el perro al jardín – a ver, mostrame – le dijo. Y observó cómo iba de flor en flor, entre cigarras, grillos y luciérnagas. Ya que, por culpa del travieso felino, había ahora tiempo de sobra, pidió al sabueso que encontrara al caracol más anciano del jardín y le preguntara nuevamente cómo hacer para que las hadas lloren. Tal vez algo había cambiado en todos los años que habían pasado. Tardaron varios días y una noche entera para que contara otra vez la historia.
-          No lo interrumpas – le aconsejó al sabueso. Supo que todo estaba bien cuando el perro le lamió la cara agitando, contento, la cola –. Vamos a preparar la fiesta – propuso entusiasmado revolviéndole el pelo entre las orejas – todo va a salir bien, vas a ver.
Conforme se acercaba la luna llena, el gato negro se portaba cada vez peor. No sabía por qué, ya que nunca lo había hecho, le dio por perseguir mariposas y libélulas, molestando todo el día hasta que no le quedó más remedio que prohibirle la entrada al jardín. Arañó y maulló tras la puerta cerrada durante varios días hasta que, ofendido, decidió retirarse a la biblioteca.
-          Hice todo lo que pude – le dijo el felino al abuelo al pasar por el living.
-          ¡Pero no sabemos qué puede pasar! ¡Nadie lo intento al revés!– protestó el anciano.
-          ¡Es muy testarudo! – contestó moviendo la cola, nervioso, mientras se preguntaba qué otra cosa podía hacer.
La noche elegida, después de cenar, fue con el perro al fondo. Apenas habían empezado a congregarse las luciérnagas cuando el estrépito de la caída del acuario en el segundo patio lo hizo correr, apurado, hacia allá. Le llevó varias horas cambiar a los peces de pecera y limpiar todo el enchastre de agua y vidrios rotos mientras el gato huía corriendo a toda velocidad. Al otro día, lo dejó  encerrado en su habitación antes de ir nuevamente al jardín. Esperó a que los grillos y los sapos empezaran a cantar, alegres, y pidió su deseo cuando el sabueso ladró.
Se despertó a la mañana siguiente en el sillón del living, debajo del retrato. Levantó una mano, miró la luz que se filtraba a través de los dedos de su mano y suspiró decepcionado. Al menos lo había intentado. Limpió y le dio de comer a los cachorros y se fue a trabajar.
Fue unos días después, cuando sintió el aire temblar en el segundo patio, que se dio cuenta. Recordó el estremecimiento que últimamente le recorría la espalda cuando pasaba junto al bajo escaleras y sonrió.  Tuvo que hacer uso de todo su valor para sacar de allí y tirar a la basura los viejos trofeos de caza.
 – Los perritos les tienen miedo – se disculpó con el abuelo.
-          Y vos también – se burló el gran perro desde el cuadro.
-          ¡Qué querés que haga! ¡Creen que un monstruo vive acá! – contestó enojado.
Saludó amablemente al fantasma cuando sintió el soplo, leve, en la cocina – hola, soy yo, no te asustes.
Aquella noche se desató una fuerte tormenta. Lo hizo levantar el gato caminando, insistente, sobre él.
-          Sí, ya voy – respondió mientras bajaba tras el felino. Al pasar por el primer patio le dieron pena las estatuas mojándose bajo la lluvia, y con mucho trabajo porque eran muy pesadas, las trasladó al zaguán y las dejo allí, a resguardo, algo desordenadas, sonriendo agradecidas – mañana las acomodo mejor – les prometió.
Pasó sin hacer mucho ruido por el segundo patio camino al jardín que con tanta lluvia ya se estaba inundando. Buscó, tratando de no pisar ninguna flor, al viejo caracol. Lo encontró cerca de una rejilla a punto de ahogarse y lo dejó en uno de los canteros, abajo de una planta de hojas anchas – acá vas a estar bien – le dijo. Cubrió con un plástico el mueble gris y después de asegurarle que repararía las goteras lo antes posible volvió a su habitación, donde lo esperaban el gato y el perro que se acurrucaron a su lado cuando por fin se durmió.
Se casó unos años después. Era común verlo caminando por ahí hablando con los sabuesos, o leyendo en voz alta en el sillón del living; a veces hacía una pausa y sonreía o asentía en silencio mirando al cuadro antes de continuar. Cuidó de la casa, los animales y las plantas. Lo apodaron el guardián. Tuvo varios hijos. Uno de ellos le hizo un retrato, junto al perro de ojos marrones, y lo colgó en el living, al lado de la pintura del abuelo. Hay quienes se quejan de que el cuchicheo entre ambos se escucha hasta el primer piso y no les deja dormir. Otros opinan que eso no es posible.
Ningún cachorro se volvió a perder, pero los gatos, por si acaso, se siguieron reuniendo en lo alto de las estanterías. Alguno de sus nietos encuadernó el libro junto a sus diarios y los devolvió a la biblioteca. Un biznieto pintó el viejo armario de blanco, adornó con flores las puertas y guardó ahí los juguetes de los más chicos. Los peces dorados todavía se burlan de él.






                                                      "Technicolor Dru"  por Jazmín Mourelle




Elena Irurzun nació en Buenos Aires, en la primavera de 1968.
Médica generalista de animales, escribe cuando las horas son largas y las noches se encienden.
Narradora destacada del género fan fiction, ha publicado numerosos fic de su autoría bajo seudónimo.
















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