Elena Irurzun / De paseos y bestias






- Te dejo, me voy a sacar a las bestias, conecto luego – tipeé en el chat, apurada. Cerré el local y me metí en el auto. Una hora y cuarenta y cinco minutos para pasear a las perras, almorzar y volver. Apagué la radio cuando estacioné en la cochera y pasé rápido por el supermercado.




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Bajó corriendo y estrelló las garras afiladas contra la puerta cuando escuchó al humano subir las escaleras. Ladró mientras saludaba para ocultar el aleteo y los pasos pesados que anunciaban la llegada de su compañera. Observó atento los preparativos para el paseo y tomó un poco de agua antes de permitir, amable, que pusiera el arnés sobre las plumas cobrizas de su cuello y la melena leonada de la otra perra para abandonar el palacio rumbo a la plaza.
Tuvo que alejar a fuerza de picotazos y coces a las mascotas impertinentes que interrumpieron varias veces en su camino. Llegaron finalmente al parque y al ser liberado de su correa, desplegó las alas y se elevó raudo, atrapando con agilidad las pelotas que su humano le lanzaba una y otra vez.
Desviaba su dirección cayendo con las garras preparadas en picada hacia un gato; vio de reojo al desprevenido transeúnte que sin reparar en las alas manchadas con la sangre de la última víctima, intentaba sin éxito resolver el acertijo que le planteaba, impasible, su compañera. Y decidió intervenir arrojándose sobre ella, antes de que la desdichada persona acabara estrangulada entre sus patas, aun a riesgo de terminar nuevamente atado. Cosa que, a pesar de sus estridentes protestas, efectivamente sucedió.
Consideró  despedazar al humano por su falta de respeto pero no lo hizo: después de todo, lo había criado de cachorro, desde poco tiempo después de que rompiera el cascarón. 
Se limitó, en cambio, a esconderse debajo de la cama e ignorarlo completamente cuando volvieron al castillo. Esperó a que terminara de almorzar y abriera nuevamente las puertas de los jardines. Escuchó con paciencia las recomendaciones de portarse bien y las promesas de un pronto regreso, las mismas que les hacia todos los días y cuando oyó finalmente cerrarse la puerta, el hipogrifo sonrió, miró a su amiga la esfinge y juntos levantaron vuelo.








                               
                                                 Foto: Dru en el parque con diamantes / A.P.
                                          
           


   Elena Irurzun nació en Buenos Aires, en la primavera de 1968.
Médica generalista de animales, escribe cuando las horas son largas y las noches se encienden.
Narradora destacada del género fan fiction, ha publicado numerosos fics de su autoría bajo seudónimo.                                 

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