Fabián Soberón / Será un dibujo del tiempo






Otra confusión cotidiana



Kafka persigue a Felice. F lo acepta y luego lo desprecia. Entre diferentes rodeos, que parecen ser propios de las mujeres, F oscila frente a K.
K la adora y persiste en la búsqueda. F mueve a K como el motor inmóvil al mundo. K está sediento y no le importa. Insiste en el desierto. F viaja en tren desde Praga hasta Breslau. K también viaja en tren desde Praga hasta Breslau. Llega al hotel en que se hospeda F y no la encuentra. K pide una habitación y espera el regreso de F. En el cuarto 24 del hotel, K escribe, en la agonía de la espera, Una confusión cotidiana. La noche lo atrapa y ella no regresa. Sorpresivamente alguien golpea la puerta del cuarto de K. Es el ujier. El conserje le cuenta que F lo está buscando. K se confunde. El conserje se va y lo saluda, pero K no le contesta. Duda mientras piensa y decide irse del hotel, olvidar a F, dedicarse completamente a la literatura. Se levanta de la silla y sale raudamente. Al llegar a la escalera, observa que en los primeros escalones viene subiendo F. Ella levanta la cabeza y observa a K. F se apresura, se tropieza y cae bruscamente. K, indiferente, salta sobre el cuerpo de F y la deja tirada en la escalera. Ella llora y nunca sabrá que hubo un malentendido. Felizmente K no se arrepiente, olvida a F y elige la literatura.     





3 de mayo de 1808



Son espejos de la muerte la camisa blanca y la noche. El condenado no sabe que su mirada será una pintura. En todos los instantes el horror es su cuerpo. El rifle de óleo tiembla en el silencio. Inmóvil, el disparo como eco todavía suena y la sangre espera.
En el fondo de la tela, la luz es falsa, como la Iglesia.





El poeta en el hotel



Ni diablo, ni colina. Camina por la habitación y escucha la calle silenciosa. Es domingo. El hotel de Turín, el hotel de verano de Turín lo deja en la soledad. Baja, compra un cigarrillo y mira a todos por penúltima vez. En las últimas horas ha telefoneado a todas las mujeres y nada. Ya sabe que lo espera una de las formas de la felicidad. Sabe que no lo espera nadie.
El amor ha sido uno de los fantasmas que comieron su frágil corazón de tinieblas. El otro fantasma fue la poesía. Por eso siente que su vida está justificada: ha escrito un verso inmortal. Y ese verso contiene el acto próximo que también lo salva del abismo.
Cesare Pavese, de vuelta en la habitación ruinosa, se pega un tiro. Un gato salta después del disparo, quizás buscando al que no ha muerto, al que todavía está en el silencio del poema.






La escritura de Montaigne



El joven está en el cuarto austero. Lee en latín las palabras de Virgilio y de Ovidio. Los ve en las hojas así como nosotros veremos su voz. No se mueve; lee y escribe y la tinta le ensucia las manos. Está solo.
 Diez años después, el maduro Montaigne no ha salido del cuarto y lee, solo, las futuras palabras en francés. No se ha acabado la tinta y sus manos tensas copian los versos romanos. Piensa que mañana será una página y que su río será un océano de páginas y que su incalculable memoria será un dibujo del tiempo para nuestros ojos.
Veinte años más tarde, el anciano Montaigne continúa en su cuarto. Sigue leyendo y escribiendo. Las arrugas invaden su blanca piel y las manos, lerdas, pintan cada letra. A sus espaldas, la biblioteca arde. Suspira cada vez que piensa en la muerte. La imaginación, la poesía, la amistad, los caníbales, Cicerón, son algunas de las líneas que esbozan su rostro. Cada vez que anota una nueva palabra, piensa en la muerte. Ensaya la muerte. 
Cuatrocientos años después, el viejo Montaigne escribe para nosotros, lee y piensa para cada uno de nosotros. Cada color de nuestro rostro, cada mar, cada soledad, cada susurro es un dibujo de la memoria de Montaigne.  





Fritz Lang



El director atraviesa los largos pasillos del edificio. Sus pasos resuenan en las amplias galerías y en las escaleras sinuosas. Llega al despacho; lo reciben dos guardias. Una puerta se abre y alguien le dice: espere. A los pocos minutos sale Joseph Goebbels y le hace una seña con la mano. Lang, expectante, entra a la oficina en penumbras del ministro. Goebbels dice: “Vea, lo lamento mucho, tuvimos que confiscar la película. Es solamente el final lo que no nos gusta”
Lang, temblando, se sienta. Piensa que va a ser encarcelado por los nazis. Goebbels, sonriente, agrega: “el fürer ha visto sus películas y quiere que usted sea el encargado de hacer las grandes películas del partido”.
Lang se paraliza. No sabe qué contestar. Le dice: “me hace sonrojar, señor ministro”. Y mira al reloj que está colgado en la pared. Y piensa que debe irse cuanto antes de Alemania. Le acaban de ofrecer el puesto de director oficial del cine nazi y él sabe que ese cargo es un peligro. Sabe que su destino puede convertirse en inquebrantable cuando atraviese la puerta.
Vuelve a su casa y le dice al mayordomo que debe salir. Hace lo posible para que la calma permanezca en su rostro. No lo logra. Finge que está armando su bolso para acomodar las pertenencias. Cree que cada segundo marca el camino hacia el fin. Guarda, apresuradamente, un reloj de oro, una cadena, unas cuantas prendas y se va. Al otro día, ya está en Francia. No sabe que el futuro le traerá la traición de su esposa y que será el curioso actor real de una película de Godard. No sabe que dejará de ser el joven temeroso de Alemania para llegar a ser el Fritz Lang de Hollywood y de la historia.







Astor Piazzolla



   En la esquina rosada no lo espera nadie. Camina lento en el seco viento de París. El cigarrillo le entrega el humo del mar que no está. Cada noche, en esta ciudad de luces ciegas, mira el Buenos Aires de la ausencia.
 Por la mañana ha recibido una carta de su amigo. Agitado, camina sin dirección. El amigo le pregunta si está tocando tangos y cómo son las clases de Nadia Boulanger. No contesta. Todo el día piensa en el bandoneón. No puede olvidarlo y eso lo irrita. La duda lo mata. No se decide: el aborrecido tango de los lupanares o la música clásica. Respira profundo. En las barandas de un puente del Sena, piensa que ha venido a París para dejar esa música inmunda. Ayer ha escrito cuarenta variaciones sobre una fuga.
Ya van diez horas en el puente. Le arden los pies y el amor olvidado en el Río de La Plata. Lo tortura el pretérito, el tiempo. Le duele el tango por todo el cuerpo. Pero lo desprecia. Tal vez en alguna esquina se decida.




Fabián Soberón

Vidas breves
Ediciones Simurg
Buenos Aires, 2007.






FABIÁN SOBERÓN nació en Juan Baustista Alberdi,Tucumán, el 18 de junio de 1973.
Ha publicado la novela La conferencia de Einstein, los libros de relatos Vidas breves y El instante, las crónicas Mamá. Vida breve de Soledad H. Rodríguez,  Ciudades escritas y Cosmópolis. Es profesor de Teoría y Estética del Cine. Ganó el 2do Premio del Salón del Bicentenario. Colabora con revistas de Nueva York, Miami y Buenos Aires. En 2014 ganó la Beca Nacional de Creación otorgada por el Fondo Nacional de las Artes. Fue invitado al Brooklyn Book Festival 2015 y al Festival de la Palabra, en Puerto Rico.









                                                                    Foto: Renán Darío Arango







Comentarios

  1. Tus textos, Fabián, qué te diré...: me han entusiasmado. Y es con ese ánimo que te saludo efusivamente.

    R.
    www.revagliatti.com

    ResponderEliminar
  2. Excelentes obras provenientes de un alma humilde y generosa.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario