Graciela Fiorillo / PIAZZA L´UNITÁ





La puerta de mi casa, cercana a la playa, da al puerto. Los barcos de los pescadores van y vienen. Hace unos meses que vivo aquí, no sé si atraída por la soledad de estos lugares o por la necesidad de alejarme del ruido citadino. Lo cierto es que necesito tranquilidad para poder concentrarme en la escritura de lo que, aparentemente, será una novela corta o un cuento largo. Es difícil saberlo de antemano. Por ahora, sin plan.
Luego de recorrer todas las calles de esta ciudad puerto, decidí recalar en estas playas del sur, que ya había conocido en una de mis vacaciones. El vecino más cercano es un hombre, al que conozco sólo de vista, que habita una construcción de madera, sobre la playa también, a unos 100 metros de mi casa. Durante el verano, funciona como un pequeño restaurant de frutos del mar y bebidas frescas. También hay una silla muy alta, sitio de avistaje para los guardavidas.
Esta madrugada se desató un temporal. Los barcos de los pescadores, amarrados a los muelles, se agitaban y chocaban entre sí. “Hoy no habrá pescado en el pequeño restaurant de la playa”, pensé. Comencé a caminar hacia el centro de la ciudad. A poco de andar, tomé el bus: la lluvia y el viento arreciaban. Me bajé en Piazza L´Unitá. Entré al bar que se encuentra al costado del Palazzo del Comune. Pedí un aperol-spritz en la barra y probé algunos de los snacks del mostrador. Mientras tomaba y comía, me perdí en mis pensamientos. Tenía que resolver un problema de traducción en un libro sobre autos antiguos, en el que me encontraba trabajando en esos días. Las asociaciones me condujeron al auto de mi padre: un Hillman 40, que ya era antiguo cuando lo compró, en el año en que yo nací, 1954. “Hoy sería un auto de colección, si alguien lo hubiera podido conservar, y cuidar”, me dije.
En esto estaba cuando se me acercó un hombre y me preguntó, en un dulcísimo italiano, si podía acompañarme mientras tomaba mi aperol. Le dije que sí. Cuando lo miré bien, me di cuenta de que era el hombre de la casita de madera de la playa. Era pintor de cuadros y estaba exponiendo parte de su obra en la ciudad. Además, le gustaban mucho los autos antiguos. Conversamos también acerca de mi trabajo de traducción. Hablábamos en italiano mezclado con inglés cuando nos faltaba alguna palabra. El hombre parecía tener una gran capacidad de empatía, lo que me sedujo.
Cuando terminamos nuestros aperols, se ofreció a llevarme hasta mi casa y acepté. Caminamos una cuadra y de lejos vi un auto antiguo. Al subir, cuando puso en marcha el motor, le pregunté:


- ¿Es un Hillman 40?
- Sí, exacto.
- ¿Dónde lo compraste?
- En la Argentina, hace unos 30 años.
Bajé corriendo, casi contenta porque no estaba segura aún, para ver el número de la patente: quería verlo con mis propios ojos.
Súbí al auto corriendo. Y le dije:
- Es el auto de mi viejo.
Nos quedamos callados unos segundos.
- Serendipity?, me preguntó.
- Serendipity, le dije con lágrimas que ya se deslizaban por mis mejillas.
Me puse a mirar los detalles del auto. El tapizado era distinto. El tablero estaba igual.
La guantera tenía una pequeña cerradura.
- Cosa ha il vano portaoggetti?
- Non lo so, è stato bloccato quando ho comprato la macchina, e non vo le vo rompere la serratura.
En seguida recordé la pequeña llavecita que durante años llevo en mi llavero. Jamás me deshice de ella, aunque no sabía qué cosa podía abrir.
Se la mostré a Filippo al tiempo que le preguntaba:
- Posso?
- Sì, certo.
Y el sésamo se abrió. Vi un montoncito de sobres pequeños, prolijamente atados con un hilo. Saqué el paquete y fui abriendo las cartitas una a una. Con mi letra de niña, le decía a mi padre cuánto lo quería y lo extrañaba durante sus largos viajes. Había algunas letras borroneadas, como cuando les cae encima una lágrima.




Graciela Fiorillo nació en Lomas del Palomar, Provincia de Buenos Aires, en el verano del 54.
 Licenciada en Psicología. Escribe cuentos y poemas. 
Es colaboradora permanente de El esfuerzo Conjugado.




PIAZZA L´UNITÁ / Fotografía : Antonia Di Principe 








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