Guillermo Fernández /Demonios en Jeppener

 La noche apuró más el silencio en la casa de los Álvarez. Había llegado temprano de la plaza y Severino quería echarse a dormir porque no soportaba tanta tarde sin corralón. Se había acostumbrado tanto al horno y a la pala de ladrillos que ahora el hecho de empujar la puerta de calle para entrar a la casa todavía con luz de tarde le provocaba más pesadumbre, un desgano que hubiera deseado arrancar de su cuerpo, pero no podía porque le ocupaba todo su enorme contorno. No comió y marchó a su dormitorio para sacarse la ropa que había usado para verse como la peor miseria. Bajó la persiana para estar a oscuras. La ventana de su cuarto daba a la calle. Empezaba a tener miedo de que lo espiaran. Cerró los ojos para que terminara el día rápido y viniera la mañana para estar entretenido en el trabajo. Necesitaba contener las manos porque se le escapaban de los brazos y lo atemorizaba caer en lo peor. Se levantó al rato para abrir la puerta del patio y entrar en un galpón con herramientas y maderas podridas. Cerró de golpe la puerta para no ver  las latas de kerosene, arrinconadas en una esquina, muy cerca de unos tablones apilados contra la pared llena de humedad. Tardó segundos en retirarse del lugar. Ya lo llamaba Ceres para que estuviera con ella en la cocina. Ella lo buscaba para que la ayudara con la cena, debía aprovechar que él estaba en casa para darle una tarea que no lo hiciera sentir tan solo. Ceres sabía que era imposible que le contestara. Para ella era suficiente con que permaneciera cortando cebollas. Sabía que había furia en sus manos. Ella buscaba distraerlo de aquello que no quería ni siquiera imaginarse. Lo había visto acercarse al galpón. Iba a quedarse despierta para que cuando Severino se quedara dormido poder sacar las latas y arrastrarlas hacia la esquina, a un lugar en donde él ni nadie las pudiera ver. Los dos se sospechaban. Severino sabía que ella lo distraía. Él aprovecharía cualquier momento en la madrugada para correr con los bidones a cuesta. Ceres había desistido de persuadirlo de que no lo hiciera. Ella se comportaba como si ignorara la violencia que Severino llevaría con las latas de querosene. Conocía a Severino. Cualquier paso que Ceres diera sería para confirmar que había adivinado la locura de Severino. Los dos terminarían en la cárcel porque su marido había decidido que los tenía que quemar vivos mientras dormían un sueño que lo único que hacía era distraerlos de la muerte segura. Estaba en el sueño. De chica había aprendido que los sobresaltos en la noche con el tiempo se cumplen. Revisó en el botiquín del baño si quedaban pastillas para dormir, de las que ella tomaba después de que Severino la castigaba por defender a Ernesto. Revolvió los estantes en vano. Nada.  El único recurso para hacerle pasar la noche era el alcohol. Sirvió la cena y puso en la mesa una botella de vino cerrada. No la abras, le dijo Severino. No iba a beber para estar despierto para vengarse, pensó ella.  El vino no lo iba a ayudar para nada. Él lo sabía. Por eso prefería el agua. Con el primer vaso de agua, Ceres advirtió que Severino necesitaba las piernas firmes para llevar las latas de kerosene a la casa de Bechara y prender fuego a todo. Ella no insistió con la bebida. La asustó que el silencio de los dos contara con tantas palabras. Para ser fines de julio, noche sin mucho frío. Debe estar cerca una tormenta, dijo Severino. Comió poco. Dejó en el plato algo de carne y verduras. Necesitaba estar liviano para la tarea, pensó Ceres. Severino demoró en ir a acostarse. Salió al patio del fondo, solo para controlar que la puerta del galpón se abriría sin mucho ruido. Le parecía estar escuchando los gritos de Ceres, pidiendo auxilio, arruinando su plan. Todo tenía que seguir en silencio, cuando él se levantara de la cama, se pusiera una campera y saliera de la casa con las latas. Después volvería a las corridas, en medio de los gritos y de las sirenas. Se acostaría con los ojos abiertos. Esperaría a que lo vinieran a buscar para llevárselo. Nadie dudaría de que él fuera el culpable. Guardaría silencio hasta que lo encarcelaran. Ya había hablado bastante en vida. Pero, ahora que todavía no contaba con el fuego, necesitaba ocupar el tiempo. ¿Qué se piensa antes de matar?, se preguntó. Revolvió con una madera apoyada en la pared del patio, uno ladrillos con musgo y mojados que molestaban el paso. Por nada del mundo hubiera querido tropezarse en la oscuridad, hacer un ruido que despertara a Ceres. Su mujer lo llamó para que entrara. La noche podía traicionarlo con el viento un poco frío, le dijo. Había salido solo en camisa. Severino corrió una silla y se sentó a fumar. Hacía tiempo que no prendía un cigarro. Sabía que le iba a costar fumar sin un vaso con vino. Pero lo hizo.



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#novela



Guillermo Fernández

Nació en la ciudad de Buenos Aires en 1951. Magister en Ciencias del Lenguaje título otorgado por el Instituto Superior del Profesorado Joaquín Víctor González. Ejerció la docencia en los niveles medio, terciario y universitario. Ha desarrollado la investigación académica en el área de sociolingüística y especialmente en temas vinculados con la variación sintáctica. Publicó en la revista Universos de la Universidad de Valencia, en la Revista Internacional de Lingüística Latinoamericana (Vervuert, Madrid) y en la Revista de la Asociación de Lingüística y Filología de América Latina.  También participó de congresos de la especialidad.

Actualmente es miembro del Centro de Lecturas: Debate y transmisión, ubicado en la calle Ambrosetti 1000, Parque Centenario. Se desempeña como coordinador del Área de Arte de la institución y, además, dicta en el mismo Centro,  los talleres  de escritura y de lingüística.

Ha escrito Sólo razones (cuentos, 2005, El Farol) y las novelas Nadie muere en un bello día (2010, Deldragón), El cielo de Lucy (2012, Letra Viva) y Polonio espía detrás del cortinado (2016, Letra Viva). Su última novela Demonios en Jeppener se presentará el próximo 10 de julio en la Librería Caburé, México 620 (CABA)
















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